martes, 22 de febrero de 2011

LAS FARMACEUTICAS Y YO

Tengo un dolor de cabeza horrible, antes de llegar a casa entro en la farmacia más cercana, en el chaflán de enfrente no sé si son manías mías, pero una vez en el establecimiento, de ambiente antiguo, conforme me voy aproximando lentamente al mostrador debido a la cola, me transmuto invariablemente en el grito de Munch, soy un desasosiego con patas, una mezcla de terror y comedia inquietante. Pienso que en mis estados febriles cada vez que necesito comprar un medicamento entro en el establecimiento, despliego un delirio que no es normal, pero cuando salgo fuera a resguardo y ya sin temor, pienso que lo que no es normal, aunque me repugne decirlo, es la visión de las dos farmacéuticas en versión pin y pon, primeros sesenta, y por otro lado, encarnando el personaje de Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane? las épocas superpuestas y yo descompuesta. Por más esfuerzos que hago por contrastar mi percepción con la ajena, allá está el personal esperando que le toque con cara de póker, los miro y remiro y no hay manera de entrever un gesto en sus caras que denote una inquietud, una perplejidad, una curiosidad… ¡un algo, digo yo! Doy gracias que hubiera gente, aunque la espera se me ha hecho eterna, pues no he tenido tanta suerte otras veces, me encontré adentro y con ganas de salir corriendo ante la primera mirada de una de las dos, sin nadie más en la escena, rozando la psicosis. La mía porque ellas ya tienen lo suyo ¿Hermanas? ¿Gemelas? ¿Clones? o ¿Replicantes? Lo dejo para la ciencia, tanta incertidumbre. Una rubia y la otra morena de pelo azabache, dos peinados enormes soportando el peso de enormes cantidades de laca, tal como dos cascos, los ojos grandes o muy abiertos, verdes, el blanco de los ojos antaño, expuestos sin remilgos a sus venillas rojas y con el viso entelado que dan los años, por lo menos rondando los setenta, toda una audacia para su época el oficio. La cara una máscara, el maquillaje cuarteado, excesivamente pálido y sobre él como sobre los cuerpos de la danza Buto, los labios rojos, las pestañas de una pieza, enormes, y por si no bastara, la línea negra sobre los parpados pintados de verde-verde sin manías, no fueran a quedar desdibujados aquellos ojos enormes. Una sola palabra: Pavor, y mal cuerpo también, el que ya traía y el que me quedará como siga comiéndome el tarro con lo de la oficina, por una vez me meto pronto en la cama a ver si aminora la gripe galopante que estoy incubando o el susto que llevo dentro.

1 comentario:

Graciela Hernández Morales dijo...

¡Lo peor es que esa cara de póker también la he encontrado en los hospitales y en los centros de salud! Parece como si se hubieran puesto un chaleco de protección ante la vida. Besos.
PD: A mí también me encanta Clarice Lispector.